30.6.09

Publicidad y pudor

Hoy he decidido coger el metro hasta Sol para ver la nueva estación que Fomento y la Comunidad han tenido en obras durante tres años, más largos que una condena. Todavía quedan cosas por acabar, y hay partes del aspecto exterior que se me hacen un poco marcianas, pero espero que pronto se pueda caminar normalmente por toda la Puerta del Sol.

Venía leyendo uno de los libros de Luis Bassats, que va a ser el C.E.O (Chief Executive Officer) en el programa en el que trabajo. Se llama “El aprendiz” (“The apprentice”, en inglés), y la verdad, es un proyecto interesante y divertido a partes iguales, aunque empiezo a notar una tensión bastante importante y mucho, mucho vértigo. Es un formato que se estrenó primero en EEUU, con Donald Trump de jefazo, pero que donde ha alcanzado su gloria ha sido en Inglaterra. Cada capítulo es para quitarse el sombrero, y el CEO, Sir Alan Sugar, se muestra con los concursantes (y aspirantes a un puestazo en su empresa) como un estricto juez cada semana. He decidido poner un vídeo de sus momentos más graciosos, que los otros son tremendos (y más largos)



Bueno, el caso es que venía empapándome de los consejos del señor Bassat (por cierto, es muy reconfortante poder leer un libro sobre cómo hacer publicidad sin mayor necesidad que la de saber leer y tener un poco de sentido común, así que creo que debo hacerle buena publicidad al libro) acerca de cómo debe venderse un producto, cuando he levantado la cabeza al llegar a la estación de Iglesia. He visto cómo un señor muy viejo se acercaba muy lentamente para entrar al vagón. He mirado alrededor y he visto que no había sitios. He cerrado el libro y me he preparado para cedérselo, mientras le veía entrar con mucha dificultad, mirando al suelo para comprobar que daba un paso seguro.

Me he dirigido hacia él, y al rozarle en un brazo mientras le decía, “Siéntese, por favor”, ha levantado la cabeza. Ese señor mayor, frágil, y que con tanta dificultad ha entrado en el metro ha hecho, según la IMDB, más de 100 películas. Ha trabajado con Berlanga, con José María Forqué, con Mario Camus, con Fernando Trueba, con José Luis Cuerda…Ese señor era Saza.



El hombre que siempre aparecía en sus películas muy estirado, es hoy un anciano de casi 83 años que me ha parecido débil y cansado, pero no lo suficiente como para aceptar el sitio que le dejaba, aunque le haya insistido. Ha aguantado cuatro paradas firme, hasta que alguien ha dejado un asiento y entonces sí, se ha sentado.

Creo que nadie en el vagón le ha reconocido, aunque prefiero pensar que quizá los demás hayan hecho como yo, que he pasado varios minutos pensando qué podría decirle para agradecerle y alabarle algunos de los momentos estupendos que nos ha dado con su aire de señor recto, de derechas, y del estilo español del hombre siempre cabreado. Y, todavía hoy, orgulloso. Al final, he pasado de largo, creo que para no molestarle. Está claro que necesito leer más a Bassat, para conseguir expresar bien lo que quiero decir.

10.6.09

A quien pueda interesar

Una vez más, Movistar se convierte en protagonista de uno de mis posts. Vaya por delante que siento no poder ofrecer lectura o situación más amena, pero el cuerpo me pide echar las bilis, y eso es lo que estoy haciendo. Esta es la copia del texto que pretendo enviar a todo el organigrama de Telefónica, a los periódicos (aunque por desgracia dudo que quieran publicarlo) y a todo el que se me pase por la cabeza.

Es la única forma no violenta que se me ocurre para desahogarme de los 40 minutos (y más en otras ocasiones) que he tenido que sufrir para que no me solucionaran nada, para que me dijeran que me van a cobrar por algo que no pedí y para cargar con algo cuya responsabilidad no me pertenece. Por el tiempo que me han robado de cenar, de ver "House", de meterme en la cama para sudar este catarrazo, de jugar con mi gata.

Ahí va mi escupitajo verbal, mi bofetada escrita, mi mala hostia concentrada en una carta.

A la atención de D. César Alierta, presidente ejecutivo de Telefónica.

Sr. Alierta, me dirijo a usted como principal persona responsable de esta empresa para contarle lo que, a buen seguro, usted no sabe y es que en su empresa, concretamente en Movistar, se ríen del cliente, que en su empresa engañan al cliente, que en Movistar (una de las empresas que forman su grupo) no se le da a los clientes la información correcta y que su empresa juega con el tiempo y la vida de sus clientes.

Se lo cuento porque estoy segura de que usted, como máximo responsable que es de esta empresa, no permitiría ni por un momento que su compañía diera este reprobable, pésimo, nefasto y humillante servicio para con los que mantienen esta corporación con los pagos por sus (no siempre buenos) servicios.

Apuesto mi vida a que usted desconoce que Movistar ofrece al cliente servicios que éste no le pide, y que aunque los ofrece gratis, luego los factura. Estoy segura de que ignora que para poder hacer una gestión, a veces hay que pasar hasta ¡1 HORA! Al teléfono, y no siempre llamando a teléfonos gratuitos. Tengo el convencimiento absoluto de que nadie le ha contado que en su empresa, cuando se pide una hoja de reclamaciones, se entregan fotocopias sucias de una factura, y muchas otras cosas más que hacen que, lo que en un Principio parece sencillo, poder comunicarse, se convierta en algo complicado, desagradable y lleno de problemas.

Creo que contándoselo, le hago un favor a usted, a lo que pueda quedar del buen nombre de su empresa, y, espero, a los millones de clientes que no tienen el tiempo ni la suficiente ira acumulada como para enviarle esta carta en un tono le aseguro que mucho más amable de lo que el comportamiento y la pasividad que sus empleados han mostrado conmigo merecen.

Quedo a su disposición para cualquier otra información que usted pueda precisar.

27.4.09

Yo no me quiero morir

No soy dormilona, pero siempre he sido de muy buen dormir. Por las noches, me meto en la cama, pongo la cabeza en la almohada y apenas pasan 10 minutos (si llegan) antes de que me duerma. Normalmente es lo que tarda el arco de mi espalda a la altura del culo a acomodarse al colchón.

La verdad es que es una suerte, no sólo porque así descanso, sino porque parece que soy de esas afortunadas a las que nada, por grave que sea (salvo algunas excepciones, que no soy de piedra), les quita el sueño. A veces, para pavonearme y quitarle importancia, digo que es porque tengo la conciencia limpia. En realidad suele ser porque estoy cansada, y porque además no me gusta dar vueltas en la cama.



Alguna vez la cama me ha dado grandes ideas, por eso tengo papel y boli en la mesilla, pero habitualmente los ratos de desvelo me han causado miedos, angustias y dolor.

Los más antiguos los recuerdo como verdaderos infiernos infantiles en forma de terribles dolores de oído que me despertaban de mi plácido sueño. Ya entonces tenía esa vergüenza de contar las cosas, y no quería molestar, así que cuando tras varios intentos de relajarme y volver a dormirme veía que el dolor me vencía, no me quedaba más remedio que abandonarme a la desesperación y echarme a llorar, aunque bajito. Dos o tres sollozos después, mi madre se despertaba y me decía: “Silvia, ¿Qué te pasa?” En ese momento sabía que la victoria sobre esos malditos pinchazos era mía, y que en un rato todo habría pasado. Yo contestaba, bajito entre lágrimas: “Me duelen los oídos”, y mi madre se levantaba, extendía una manta protectora sobre la mesa, y enchufaba la plancha mientras sacaba dos toallas pequeñitas. Las doblaba en forma de compresa, pasaba la plancha caliente y me extendía una. “Toma, póntela entre la oreja y la almohada, pero ten cuidado de no quemarte”. El lóbulo me ardía, pero el calor me relajaba, mientras mi madre ponía otra toalla bajo la plancha para relevar a la anterior, que se iba enfriando. Así repetía la operación hasta que me dormía con una de ellas bajo la oreja, que la mañana después era el único recuerdo de mi agonía de niña con los oídos.

Pero otras noches no había dolores, sólo la oscuridad y el profundo silencio que dan las calles acabadas en fondo de saco de mi barrio, y que sonaba como un zumbido constante. Otras veces desde la puerta me llegaba un resquicio de luz y el sonido (leve) de la tele que todavía estaban viendo mis padres. Entonces empezaba a fantasear, y la mente se me liaba, cruzando un pensamiento con otro. Unos días pensaba en el colegio, otros en las cosas que escuchaba en casa, y alguna vez, como hacen todos los niños, en la muerte. Esos eran los peores días. No pensaba en la forma de morir, ni en el dolor, ni en nada de eso, sólo en una especie de vista desde el más allá en el que veía que el mundo seguía sin mí. Y me daba muchísima rabia, como si (tal y como es en realidad) no se notara mi falta. Alguna vez se lo comenté a mi madre, imagino que porque ella siempre ha sido muy aficionada a dejar claro que a ella no le importa abandonar este mundo. Han pasado los años, y ahora vivo en otra casa, pero sigue siendo en la misma calle, acabada en fondo de saco, con el mismo zumbido. Y esos ratos antes de dormirme siguen siendo igual de desasosegantes. Y años después, siempre que sale ese tema, mi madre me dice: “Hija, es que desde pequeña estás empeñada en que no te quieres morir”.

Y sí, es verdad. No me quiero morir. Sobre todo porque ahora no sólo me importa eso de que el mundo siga sin mí, ahora ya tengo miedo a otros detalles.

Por eso hoy llevo todo el día intranquila. Porque una cosa es ir aceptando lo que se nos viene encima, y otra ser víctima de una pandemia. Una cosa es que una se deje llevar por la emoción de sentirse parte de la historia, y otra que quiera aparecer en los libros de “cono” (esa mezcla absurda de Naturales y sociales que se llama “Conocimiento del medio”) como parte de un número, como en su día aparecían en mis libros de historia los pobres afectados de la peste bubónica.

La verdad, no me parece justo en este momento. Que si tengo que acabar en un carro (ahora sería en un camión, imagino) entre mogollón de cuerpos para que me
lleven a quemar después de que hayan pintado la puerta de mi casa con una cruz para avisar de mi maldición, joder, pues al menos que no sea en este momento de crisis, que estoy en paro y no tengo ni para concederme una última voluntad en forma de viaje de despedida a Nueva York, una comilona con amigos o para hacerle un contrato a alguien para que me rasque la espalda durante todo el día.

Además, no es lo mismo morir de una epidemia causada por las ratas, que es una cosa como de miseria, que hacerlo de otra causada por el animal que da el jamón. No es justo vivir en una época en la que si hace frío te calientas y si hace calor te refrescas, en la que recorres kilómetros en minutos, en la que una caries no puede acabar contigo, para terminar como hace unos siglos.

Que no, que no me quiero morir de gripe, ni aviar, ni porcina, ni de dormir con el culo al aire, así que mañana mismo me voy al Lidl, y al estilo de mi madre cuando amenaza guerra, hago acopio y me quedo aquí encerrada con Salsa, hasta que la cosa se pase y los cerdos no representen más peligro que unos kilos de más o un tipo que intente meterte mano.


1.4.09

BRITAIN, BRITAIN, BRITAIN (part two)

Es curioso cómo cambia el estado de ánimo de un día para otro. Hoy he estado en un Londres más sombrío que el de ayer, o quizá deba decir que yo he estado menos feliz que ayer. Yo es que es ver un cielo encapotado y ya me entra bajona. Pero como de momento una puede elegir tener hijos rubios (con aspecto de inglés), pero no el día que le va a hacer en las vacaciones, me toca joderme y hacer planos con un “Y si el tiempo lo permite”.

Al final el tiempo permitía todo, porque no ha llovido, pero “no estaba de Dios”. He salido un poco tarde, y aunque era un momento “off-peak” (que ya no es hora punta), el metro iba verdaderamente mal, algo que no debe ser raro porque en las estaciones hay un señor que pone en una pizarra velleda “good service”, como sin en otras ocasiones te lo dieran malo, que es lo que me ha sucedido hoy a mí, que me han echado dos veces del vagón para esperar al siguiente.

Menos mal que llevaba un periódico gratuito y me he enterado de varias cosas. Lo de la ministra sigue coleando, pero la cumbre del g-20 le ha hecho perer fuelle al affair. Por el contrario, Jade Goody sigue en la loving memory de los británicos, que andan pendientes del funeral, porque ahora Jacko (los periódicos ingleses son muy dados al mote, así que Jacko es Michael Jackson, igual que Madonna es Madge, Beckham es Becks y Victoria es Posh) dice que no va, pero que rezará por ella. No sé si la han enterrado o incinerado, pero una señora que se llama Val Thompson te hace un cuadrito la mar de mono con las cenizas de tu señor esposo o de tu amada madre, así que igual le encargan uno de Goody y acaba colgándolo en la national Portrair gallery, donde lo mismo está Churchill que el señor rico de Virgin.

Por lo que se ve a los británicos les gusta esto de los trabajos manuales, porque también me he enterado por el periódico de una pareja de viejitos que se ha pasado 19 años recreando en miniatura el pueblo donde se conocieron. Incluso han puesto sus propias figuras a la entrada del cine al que iban en sus primeras citas, con los carteles de las pelis que vieron por entonces. Ha sido la noticia Coca-cola del día, que no es que me la patrocinen, sino que me ha hecho llorar, como los anuncios de la compañía de Atlanta. Pero siguiendo con los trabajos manuales, pero mucho más asquerosos, está la historias un anestesista que atendía a mujeres que iban a abortar. Las sedaba parcialmente, tal y como se hace en ese tipo de intervenciones, pero parece que el tío cerdo se sacaba la chorra y se la colocaba a las chicas en la mano, al tiempo que les preguntaba cosas como “¿Cuál es tu bebida alcohólica favorita? A las chicas la preguntita les debía parecer rara, pero más raro le pareció a una enfermera ver al señor con la polla en la mano inocente de una paciente, así que lo cascó y luego le pillaron las manos (de otra), en su miembro.

Pero bueno, dejando las noticias y siguiendo con mis retrasos y mi mala pata. Después del metro he cogido un bus rojo de los altos para ir a la St. Paul's Cathedral, que nunca he visitado, pero me he despistado y he pensado que me había pasado de parada, así que me he bajado y resulta que me quedaba un rato (hay que ser tonta, joder, porque mira que es gigante esa catedral, como para no verla). Para colmo, he llegado a la catedral y unos señores “bobbies” me han impedido la entrada, porque había un acto privado. Todo esto antes del mediodía, hora en la que toda la ciudad se moviliza y empieza a engullir, pero no cosas tan sabrosas como estos pedazos de quesos que vendían en el Borough market



A mí el asunto de la manduca en Londres me tiene loca. Yo no hago más que ver a gente comiendo por la calle, sea la hora del día que sea. Que ellos tendrán sus horarios, no te digo yo que no, pero no llego a saber exactamente cuáles son. Yo sé que esto es así de toda la vida, pero también me alucina esa cultura de comer en la calle que los londinenses (creo que los ingleses en general y también muchísimos norteamericanos) exhiben. Cualquier lugar es bueno para sacar el sandwich / ensalada / Currys variados y ponerse a mover el bigote. Cuando los bobbies me han dejado una vez más sin ver St. Paul por dentro, he descubierto un Marks & Spencer sólo de comida, y no me he resistrido a entrar. No me arrepiento. Es el paraíso del lechuceo, como llamaba mi madre a malcomer. Sandwiches de todo tipo, bollos, bolsas de snacks variados que van desde mil variedades de patatas fritas (con sabor a cheddar curado, a cebolla, a sal y vinagre) a plátano frito con miel y pimienta negra, pequeños boles de ensalada que puedes aliñar con vinagre de fresa y champán, pasando por rajas de salmón cocinado o bolsitas pequeñas de frutos secos que contienen varios piñones, una almendra, unas pasas y algunos orejones. He cogido la bolsa de platano frito (ponía no sé qué crisps y he creido que eran patatas) y un zumo de rapsberry que ha resultado contener también zumo de naranja y puré de plátano. Un asco de snack, que encima ha acabado por convertirse en mi única comida.

A falta de comida para el estómago, he decidido darme alimento espiritual. Ha sido después de perderme por calles y pasadizos extraños sin conseguir encontrar el London bridge, al que por fin he conseguido llegar para sacar una panorámica del Tower bridge y la torre de Londres. He estado en la southwark cathedral, muy bonita, donde la gente rezaba mientras un grupo de niños de colegio escuchaban atentamente a su guía, que después ha vestido a algunos de los pequeños de diáconos, o algo así. La gente siempre ha necesitado ayuda exterior, algo que nos haga confiar y no sentirnos solos. A veces nos sirve apoyarnos en la familia, los amigos, la pareja, pero en estos tiempos de descreimiento Dios parece haber resurgido con fuerza, quizá por estos momentos de crisis.

Aquí también la hay, y también la gente necesita ayuda. La iglesia (aquí), lo sabe, y por eso suele haber un lugar donde dejan que los feligreses escriban sus plegarias. La mayoría piden por ellos mismos, por sus familiares enfermos o en recuerdo de los que se han ido. Me hubiera gustado poner una foto, pero en Salisbury Edu me echó en cara que era una cotilla, metiéndome así en los deseos de los fieles, y en la catedral de Southwark hay que pedir un permiso para hacer fotos que te conceden previo pago de tres libras y media. Yo soy muy respetuosa con las reglas, cualquiera que me conozca lo sabe, y no me importa pagar por ver una iglesia. De hecho, he dejado una donación voluntaria, pero pagar por las fotos me parece absurdo. O se puede o no se puede. Aún así, he sacado una de tapadillo. No es de las plegarias que podías colocar en un tablón mediante post its, sino de una de esas plaquitas que me están volviendo loca. Esta vez, además de en cada silla de la iglesia, tenían esta muy curiosa en la pared de una capilla:



Sí, es el autor de musicales como “Oklahoma”, “Sonrisas y lágrimas” y “El rey y yo”. Y puede que muchos no lo sepan, pero también del legendario “You'll never walk alone”, himno popular del Liverpool, que parece raro pensar que viene de un musical, cosa no demasiado heterosexual y testosteronizada como el fúmbol.

Luego he seguido por la vera del Támesis hasta llegar a la Tate modern, donde me he entregado al mundo de las audioguías y las obras extrañas. Hablaría ahora de mis contradicciones acerca del arte, pero no me apetece y además mañana quiero hacer shopping y asistir a una matinèe de teatro, que consiste en ie al teatro a las dos y media de la tarde, cosa altamente absuuurda, que diría mi amigo Unai.

31.3.09

Britain, Britain, Britain

Todo el mundo tiene sus manías y sus costumbres. Hay quien tiene que ir por la calle pisando dentro de los cuadrados del pavimento, como mi amigo Diego, mientras otros tienen que santiguarse cada mañana al salir de casa, como mi amigo Diego. ¡Vaya, esto me ha hecho darme cuenta de que Diego merece un post! Pero a lo que vamos. Igual que unos tienen unas costumbres, yo tengo las mías, y una de ellas parece ser que cuando me quedo en paro me voy a Inglaterra. Es una costumbre totalmente involuntaria, porque yo cuando me quedo en paro no soy muy de ir a gastarme el dinero, pero bueno, costumbre al fin.

Así que aquí estoy, en Inglaterra. Por suerte una tiene buenos amigos que le dan morada y le acogen, así que he hecho un bonito combinado tipo La Habana / Varadero, que es Newbury / Londres. Me gusta mucho Inglaterra. Posiblemente porque a todos nos gusta siempre lo que es diferente, porque parece que lo nuestro siempre es peor, y probablemente porque Inglaterra es muy bonito, la verdad.

Pero no me gusta sólo por sus paisajes y sus ciudades, todas colocaditas, todas de pocas alturas, con esas casas y esos pubs que parecen todos monumento artístico, me fascinan los ingleses. Primero por ese físico tan peculiar que hace a unos terriblemente atractivos (yo es que soy un poco del tipo sajón, que le vamos a hacer, me gustan los rubitos de cara pálida y algunos pelirrojos) y a otros terriblemente feos,

Mientras en España se hunde la caja de Castilla la Mancha, en Inglaterra están con un tema muy suculento. Una ministra se ha metido (o se la ha metido (no pun intended)) en un buen lío gracias a los vicios de su señor esposo, que ha pagado con dinero público unas descarguillas de porno.



Esta es la señora, Jacqui Smith, nada menos que Ministra del interior, aunaque la pobre no sepa lo que pasa en casa. Que dé gracias por no ser ministra en España, porque habría que escuchar los chascarrillos de Fedeguico. Vegüenza debería darle a este individuo (al marido, no a Fedeguico) malgastar el dinero público en pornografía, no porque vea porno, sino porque hay porno gratis en internet, y el país no está para muchas alegrías o gastos. La verdad es que en el fondo la noticia del marido guarrete de la ministra es casi una alegría en un país cuyas portadas esta semana están acaparadas por dos muertas: Jade Goody, y Natasha Richardson.

Es curioso el mundo prensa en este país. Van desde los periódicos ultra serios como el times o el Guardian a los tabloides que, obligatoriamente tienen que llevar noticias inventadas, lo cual también tiene su mérito, incluso más que contar lo que pasa de verdad, porque está demostrado que la mayor parte de los periodistas no lo consiguen. El tema de Jade Goody es especialmente sensible a este fenómeno de la invención, y me temo que no voy a tardar nada en ver una taza de Jade, con su cabeza calva, al lado de una de Lady Di con su tiara. Ayer contaban que había un complot para publicar fotos de Jade en su ataúd, gran noticia de portada. De todos modos no han inventado nada, que ese tema dio para un par de días cuando murieron Carmina Ordóñez y Rocío Dúrcal, respectivamente.

También están inquietos por qué va a ser de sus hijos. Que los nenes tienen un padre y seguramente una herencia potente que se trabajó su difunta mamá precisamente para eso, para dejarlos colocados. Y ya arregladas estas preocupaciones, ahora parece que andan con los preparativos del funeral, al que, según The sun, va a ir Michael Jackson, que lo ha dicho él.

Siguiendo con la prensa, lo primero que hice al llegar a este país fue irme al newsagent (el quiosco) del aeropuerto, a ver cómo iba la popularidad de Posh, aka Victoria Beckham. Cuando estuve por aquí hace año y medio, Victoria era la reina de las portadas, desde las revistas del corazón a las de moda, pasando por los magazines “para mujeres”, que son esas revistas tipo “Ama”, o “Mía”, pero mucho más específicas en sus contenidos. Podía aparecer perfectamente en un 30% de las revistas, que, la verdad, es ser muy muy famosa.

Pues bien, año y pico después, y salvo por un pequeño duelo entre la spice y la ex gran hermana (duelo que acabará muy pronto y por supuesto a favor de la primera), mi skinny bitch favorita sigue siendo HGM (her greatest majesty), muy por encima de su marido, que se tuvo que currar unos buenos pases a Rooney el pasado sábado para ganarse un par de cuadradillos en las primeras planas.

Bueno, volvamos a mis días en Inglaterra. Hoy ha sido día de parques. Básicamente porque hoy hacía sol, y cuando uno ve sol en Inglaterra se convierte en un depredador y se lanza a los parques como un león a una gacela. ¿Por qué? Pues porque si el león piensa “uno nunca sabe cuándo va a volver a cazar y a comer”, cualquier turista piensa: “uno nunca sabe cuándo va a volver a ver el sol en Londres.

La verdad, he disfrutado como nunca. Yo, adicta al i-pod, he dejado mis orejas libres para escuchar graznidos varios, ladridos, gritos de niños, y hasta de unos hombretones hechos y derechos con traje y corbata jugando al frisbee.



A cualquiera le puede parecer una chorrada, pero cuando llevas meses sin darte un ratito, darse un paseo por un parque y ver a la gente vivir se convierte en algo verdaderamente placentero. Así que así ha pasado el día, entre Hyde park, Kensington gardens, un pequeño jardín en medio de dos calles llamado Sussex gardens, y regent's park. Ha habido varias cosas que me han llamado la atención: Lo beligerantes que son los patos, capaces de pelearse muy duramente y con bastante mala baba, momento realmente cachondo que he acabado por recoger en vídeo, a mí que ni siquiera me gustan los documentales de animales.



Siguiendo con el momento Gerard Durrell, diré que también las ardillas me han dejado bastante alucinada. Primero porque son animalitos muy de chica, de esos que ves y haces:”Ohhhhh”, y segundo porque son rápidos y astutos, y esconden la comida en vez de jamársela toda de una vez (o al menos eso me ha parecido).



Pero tengo que reconocer que el momento lacrimógeno del día ha venido en forma de pequeñas plaquitas que los ingleses colocan en los bancos. Siempre he oido de los británicos que son gente fría, pero yo empiezo a no creérmelo. Escriben maravillosas canciones de amor, y algún que otro tremendo novelón romántico, y hoy he visto a un chico despedirse de su novia con un beso y quedársela mirando hasta que ella ha desaparecido con una mirada bobalicona que me ha hecho desearle una muerte lenta y dolorosa a la zorra rubia para arrebatarle semejante tío (bueno, si es para quitárselo, mejor una muerte rápida).

Hoy además me ha quedado demostrado que les encanta contar a todo el mundo lo que sienten, aunque sea escribiéndolo en los bancos. En esas pequeñas placas de las que hablaba antes. No es la primera vez que lo veo, porque hace ya casi tres años que esas plaquitas me fascinaron en Nueva York. He ido paseando y leyendo cada plaquita (al menos cuando no había gente en los bancos): “En memoria de mi hermana Lily”, “A mi amada Mary por su 60 cumpleaños. David”. En una preciosa rosaleda he encontrado una preciosa: “Anne Wicks, que amó a sus rosas como nosotros la amamos a ella”. Pero ésta me ha gustado especialmente:



En ese momento me he acordado del Paseante, y le he llamado. Me ha contestado con la voz ronca, como muy constipado, y le he dicho:

“Ya sé lo que haré cuando te mueras”
“¿Qué harás, maldita?”
“Pues además veo que te queda poco. Iré al Turó Parc y te pondré una plaquita que diga: A la memoria del Joan, que venía aquí todas las tardes”.

Quizá haya pensado que soy una coñera, pero no creo que haya mejor forma de recordar a alguien y hacer que los demás le recuerden, o piensen en lo estupenda que debió ser Anne Wicks, o Lilly, a la que su hermano recuerda. O Gordon y Malka, músicos, a los que sus hijos consideran inspiradores. Me pregunto si cuando me muera habrá un parque bonito donde alguien quiera poner una plaquita que hable de mí. Algo como: “En memoria de Silvia y sus bonitas tetas”.

3.1.09

De estreno"

No, no estoy estrenando ropa, ni trabajo (me basta con conservar el que tengo), ni novio (mismo deseo que con el trabajo). Hoy estreno post. Y eso que no voy a hablar de nada nuevo, ni a revolucionar el blog ni nada de eso. Lo que pasa es que no estoy escribiendo desde el ordenador de siempre. Que en realidad tampoco es una novedad, porque una vez escribí desde Nueva York, con un teclado que no tenía eñes, y otra vez escribí un post cortito en el trabajo.

Pero es la primera vez que escribo con un ordenador en las rodillas, sentada en la cama, calentita y con Salsa a mis pies, mirándome y escuchando atentamente los ruiditos del teclado. También es la primera vez que escribo en openoffice, y la primera vez que lo hago en un ordenador con linux.

No es que esto sea muy interesante (aunque a mí me guste mucho mirar a Salsa mientras ella escucha el repiqueteo de las teclas y me observa atentamente), pero para mí supone un mundo de posibilidades, que igual luego no aprovecho, pero que ahora se me antojan la mar de prometedoras.

Porque a veces, en esos minutos interminables en el metro, esos minutos que me roban a mano armada los de la Comunidad de Madrid, mintiendo como bellacos vendiendo que el nuestro es el metro que todos quisieran tener cuando es un metro lento e ineficiente en la mayoría de las líneas, se me ocurren muchas cosas que contar, que siempre creo que voy a recordar más tarde, o incluso que apunto, pero que se diluyen en las largas jornadas laborales, en el cansancio nocturno, en los quehaceres sentimentales, en las tentaciones del disco duro multimedia, y al final se quedan ahí, en un trocito de papel, en una esquina del “20 minutos”, en la parte de atrás de un ticket, o en una Moleskine. No soy yo demasiado voluntariosa, así que una vez pasado el primer impulso, en el que parece que voy a escribir un post en cinco minutos, las ideas se quedan cogiendo polvo, arrugándose en el bolso o en un hueco inútil de mi cerebro.

Ahora tengo la intención de no dejar escapar las ideas, de contar las cosas divertidas, y de no permitir bajo ningún concepto que se pasen los cabreos, porque los españoles somos muy de calentón, y luego olvidamos rápido. No señor. Muchos rebotes, cabreos, mosqueos, globos, emputes (idioma canario), o enfados merecen ser relatados. Como el día en que Mónica perdió los nervios con un revisor de la RENFE que se ve que piensa que Atocha es su cortijo (pero esa historia es tan buena que yo creo que se merece un post), o como el día que yo me encabroné en la Sala heineken porque me tuvieron 50 minutos esperando para coger el abrigo del guardarropa y les rellené una hoja de reclamaciones, o como esas veces en que yo no hago más que resoplar malhumorada mientras veo que el metro se va muriendo de estación en estación y el reloj corre hacia la hora en que se me va el autobús y tengo que pagar 10 euros de taxi porque a los señores de Metro de Madrid no les da mucha vergüenza decir que el próximo tren llegará en 7 minutos en plena hora punta a las 08:00 de la mañana.

Y todo gracias a este juguetito que me he agenciado.



Un juguetito que apenas pesa un kilo y que me sacará de apuros si mi viejo PC de sobremesa decide un día darme un disgusto, y que, de paso, me servirá para que Goiete no me salga con un “ya te lo dije” en plan madre.

Cuando yo era pequeña, uno estrenaba muy pocas veces al año: quizá el día de Reyes, al día siguiente de tu cumpleaños, y el domingo de Ramos. Todos los domingos de Ramos mi madre me daba algo para estrenar; nada muy ostentoso, solían ser unas bragas o unos calcetines de perlé que ella tejía a cinco agujas, una técnica que jamás conseguí aprender. Ahora esos ojios que se le achinan y se le quedan pequeñitos cuando sonríen, le dan más disgustos que alegrías, y le cuesta sentarse a tejer.

Así que ya nunca estreno en Domingo de Ramos, a pesar de que mi madre siempre me advertía: “Domingo de Ramos, quien no estrena no tiene manos”. Igual el refrán tiene algo de razón, aunque, más que no tener manos, es que soy manirrota, y estreno más de lo que debiera durante todo el año.

Ahora, además de este juguetito, y sin tener que pagar nada, me llega un año a estrenar, y como con el juguetito, tengo muchas expectativas para él. Veremos si este juguetito me sale tan bueno como mi viejo ordenador de sobremesa, y si este año, que me llega de gratis, me deja seguir estrenando cosas. Por lo menos unas bragas de H&M el próximo Domingo de Ramos, aunque no sean de perlé ni tengan lacitos rosas a los lados.

29.12.08

Luz de gas

En el largo (o corto, según se mire) camino de la infancia, nuestros padres nos van enseñando todo: a caminar, a hablar, a comportarnos (bueno, eso algunos padres)… nos enseñan a vivir, y sobre todo a sobrevivir.

En mi caso, he contado con unos padres recios, duros, acostumbrados a lidiar una vida difícil, así que me enseñaron que ahí fuera las cosas no son fáciles, que todo requiere sacrificio, que esto es un valle de lágrimas y que hay que esforzarse. Me enseñaron que el trabajo es la base de todo, que el ahorro es conveniente, que es antes la obligación que la devoción. Leyendo esto cualquiera podría pensar que soy una persona fuerte, preparada para acometer las idas y venidas, subidas y bajadas, las dificultades de la existencia. Podrían pensar que mis padres han hecho un buen trabajo, que me han hecho una persona de bien, recta y comprometida. Pues sí, pero mis padres fallaron en algo. Se les escapó un detalle importante. Es probable que sus enseñanzas me hicieran sobrevivir a una guerra, a esta crisis, a tiempos difíciles, pero hoy tengo que decirle a mis padres que hay algo que no me enseñaron: a enfrentarme a MOVISTAR.

Lo siento, papá y mamá, habéis fallado. Ayer, por vuestra culpa, me sentí impotente, incapaz, hundida. No supe qué hacer, cómo pasar ese trance. Aunque lo intenté, no pude cambiar de móvil.

Hace 3 años y medio que vivo con mi maravilloso Nokia 6820, probablemente el mejor teléfono que vaya a tener jamás. Bueno, en realidad vivo con mi segundo Nokia 6820, porque el primero lucía este aspecto tan lamentable,




y mi amigo Juanito, que es un tipo estupendo y que me quiere más de lo que debería, me compró en ebay uno en mejores condiciones. El caso es que no se oye del todo bien, y con que pase un autobús al lado ya soy incapaz de mantener una conversación normal. Por eso cuando MOVISTAR me mandó un mensaje diciéndome que me regalaban 50.000 puntos para cambiar mi móvil por un i-phone, pues pensé que igual había llegado el momento de cambiar. En el mensaje, éste que ven en la fotografía, me dicen que acuda a una tienda MOVISTAR.

Pues bien, eso es lo que hice, acudir. En concreto fui a la de la Gran Vía, esa que cuando pasas por las noches, tienes que cerrar los ojos, porque es como mirar al sol, de la cantidad de luz que desprende. Allí me atendió amablemente un chico, al que le enseñé el mensaje. Comenzó el proceso y, al llegar el momento de hacerlo, me dice que, además de los 80.100 puntos que tengo, debo abonar 197 euros. No, eso no era lo que yo había visto. Con mis 80.100 puntos, más los 50.000 que me regalaba MOVISTAR sólo tenía que pagar 66 euros. ¿El problema? Que en el ordenador esos 50.000 puntos no aparecían. Según el chico, no había nada que hacer por su parte. En todo caso, llamar al 4636 y contarles lo que pasaba.

Hasta aquí, los obstáculos que me esperaba. No es fácil tratar con MOVISTAR, yo ya lo sabía, a pesar de que mis padres nunca me hubieran avisado. Así que allí, sentadita en la tienda MOVISTAR, llamo al 4636. Una máquina me da la bienvenida a Movistar y me pide que le diga qué quiero hacer acerca del programa de puntos: Si quiero información general, si quiero conocer mi saldo o si quiero hacer otras gestiones. Le digo que otras gestiones, porque no quiero información y ya sé cuántos puntos tengo. Entonces ocurre algo: la máquina me dice: “Si quieres hacer alguna gestión del programa de puntos, llama al 4636. ¿CÓMO? ¡Ese era el número al que estaba llamando! No se puede hacer nada. El chico me dice “se habrán ido ya, que es Nochebuena”. Bueno, hasta donde yo sé, el día de Nochebuena es laborable, y tienen un horario hasta las 22.00, y en ese momento eran apenas las 17.00.

En fin, me rindo y decido que llamaré el día 26. Así lo hago. Llamo al 4636, y de nuevo, el bucle. Llamo otra vez. De nuevo me dicen que llame al 4636. Empiezo a pensar que hacen luz de gas a los clientes. Por supuesto, todas y cada una de estas llamadas al 4636 se tarifan por parte de MOVISTAR. Pienso, en mi buena fe, que igual tienen la máquina estropeada, así que llamo desde un fijo al 1485. Me atiende una señorita a la que le cuento todo lo ocurrido. Me pide mi número de teléfono y mi DNI, y me pide que espere, que confirman mis datos. Vuelve al momento a decirme que siga esperando a que confirmen mis datos. Me lo pide otra vez. Y otra. No sé qué datos tenían que confirmar, pero la cosa se alarga unos minutos. Al final, me dice que me pasa con el departamento correspondiente. Una voz mecánica suena al otro lado del teléfono: “Bienvenido a Movistar, indique qué operación desea hacer con el programa de puntos. No, no lo puedo creer. ¡Me ha pasado con el 4636 al que yo YA había llamado! Decido volver a probar, a ver si es que a ellos sí les va. Pero no. Otra vez el muro, otra vez la voz que me dice que llame al número que he llamado. Comienzo a desesperarme, claro.

Llamo de nuevo al 1485. El proceso se repite. Me piden el número de móvil y el DNI. Se lo doy, le cuento la historia, y que me han pasado con un número que me dice que llame al mismo número. Me dice que esta vez me pasa con el departamento correspondiente. De nuevo la misma grabación. Sigo desesperándome y además empiezo a estar cabreada.

Llamo otra vez. Y otra. Una quinta en la que sin perder los nervios, pero ya con claros signos de estar a punto de explotar, les pido que no me vuelvan a pasar con una máquina, sino con una persona. En esta ocasión, creo que me abren una incidencia, y la señorita me dice que si cuando me pase con el departamento correspondiente me sale la máquina, que llame de nuevo (siempre cobrando esas llamadas, claro está) y dé ese número. Desde luego que sale la máquina.

En la última llamada trato de contarle a la señorita lo que me ha dicho la anterior, pero no quiere coger el número que le doy. Dice que ya la ve, y que esta vez me pasan con un departamento. Les digo que me pasen con quejas, me dice que son ellos. Le insisto en que estoy indignada, en que llevo 40 minutos perdidos como si hablar con ellos fuera mantener una tertulia en el Café Gijón, donde hablas con personas que se comunican como máquinas, despidiéndome con un “feliz Navidad” que me suena a sorna y cachondeo. En fin, le digo que haga lo que tenga que hacer pero que no me pase con una máquina.

Imposible. Otra vez el “Bienvenido a Movistar”. Llegados a este punto, sólo veo dos opciones, echarme a llorar o destruir todo lo que tenga que ver con esa compañía. Aún así, saco fuerzas de flaqueza, porque la vida es un valle de lágrimas, y decido irme de nuevo a la tienda Movistar de Gran Vía.

Llego, les cuento lo sucedido, volvemos a hacer la operación a ver si esta vez sale y no, no sale. Me dicen que no pueden hacer nada, que ellos ni siquiera son MOVISTAR, que son Telyco. Y yo me digo dos cosas: a mí qué me importa quién sean, y ¿por qué tengo que conocer yo la organización y las subcontratas de esta compañía? ¿qué pasa, que tengo acciones? A esa hora estoy ya, más que furiosa, harta, cansada, engañada, y estafada. Porque yo no les llamé para pedirles nada, porque ha sido MOVISTAR quien me ha hecho una oferta, así que amablemente le pido al chico la hoja de reclamaciones. Después de un rato, vuelve con esto:



En un momento creo que es la hoja interna de sugerencias, así que le miro casi con satisfacción, porque ya que me estafan, al menos tener algo más chungo aún que contar, y le digo: “Sí, muy bien, y ahora me traes la hoja de reclamaciones, la de verdad”. Me mira sorprendido y disimula un “uy, me he equivocado”, y me pide la hoja. Me la acerco y le digo: “No, no, esta hoja me la quedo yo para presentarla en la documentación”. Se marcha con mala cara y, después de un rato más largo, vuelve con ellas. Después, mirando la primera hoja, me he dado cuenta de que es… ¡UNA FACTURA! Vamos, el colmo del desprecio por el cliente. Y lo demás, pues como siempre. Rellenar la hoja y largarte pensando que les va a dar exactamente igual y que tú has perdido mucho tiempo y algo de dinero.



Pero da igual, porque yo no voy a entrar en su mundo. No voy a hacer la portabilidad a otra compañía para que me llamen y me den el iphone gratis. Yo no soy así. Soy el cliente, y lo mínimo que espero de una gran empresa como MOVISTAR es que me cuide como cliente, y no que yo tenga que amenazarles para que no me vaya después de 10 años en los que jamás he dejado de pagar un duro. Cuando me serene, lo más probable es que canjee mis puntos por un teléfono cualquiera que regalaré a alguien, y entonces sí, haré la portabilidad. Y en ese momento, espero que mantengan la dignidad y no me llamen, porque si mi teléfono suena, igual soy yo la que me estropeo y entro en bucle, y les aseguro que lo que les voy a decir, no va a ser “Bienvenido a Movistar”, y mucho menos “Feliz Navidad”.

Y por favor, los que seais padres, no dejéis nada al azar con la educación de vuestros pequeños. Adistradles en el arte de la guerra contra las grandes compañías. Sólo así estarán preparados para sobrevivir.